martes, 4 de julio de 2017

LA MIRADA EN EL HUERTO

De tanto mirar números y letras se le irritaron los ojos. El médico diagnosticó conjuntivitis, pero era alergia. Alergia aguda a las palabras escritas, el periódico, la televisión, el reloj y las redes sociales. Decidió entonces darse un descanso y empezar a mirar a lo lejos. El primer día se sentó a mirar el atardecer de la montaña y vio formarse una nube en apenas un instante. Comenzó como un suspiro del bosque, y a partir de una brizna de niebla, se extendió enseguida cubriendo un área de más de dos kilómetros y en cinco minutos había tapado la montaña entera. La luna, como un ojo todopoderoso, en mitad del firmamento, mantuvo la mirada. Un cuarto creciente radiante. La vieja urraca se asomó taimada sobre el tejado del vecino. La mujer temió por la pollada de la curruca capirotada que había descubierto esa misma tarde, en la espesura del seto. Para ella los nidos nunca estan del todo bien escondidos. Y es que todos los polluelos eran como hijos propios de aquella paisana que amaba los gatos pero los ahuyentaba sistemáticamente por temor de los pájaros. Hacía tiempo había comprendido que lo más honesto sería retirarse al jardín donde el sol sale y se pone todos los días soleados y el camarada sapo sale imperturbable todas las noches de algún escondrijo. Donde las estrellas refulgen en todo su esplendor y las luciérnagas sobreviven aún a la hecatombe de las luces artificiales y los insecticidas. Si el fragor de los coches se detuviera, siquiera durante el curso de una luna, el mundo habría cambiado para siempre, la era de la prisa sería como un mal sueño y regresaría de manera natural la era de la canción en el campo, cantada a pleno pulmón… - pensó sin mucho convencimiento- y una sonrisa amarga le sobrevino al darse cuenta de que era imposible, impensable, ¿improbable?… Volvió su mirada al huerto y se dijo: -allá donde y cuando la Tierra y el Cielo, hablan y acuerdan, quiero estar en medio.

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