

1 Cuando en la primavera de su vida le fué encomendado el cuidado del huerto y el pequeño jardín de medicinales, Fray Menthastro no cabía en sí de gozo. Prosperaron las hierbas y las hortalizas, en el claustro trepaban exuberantes enredaderas y florecía el hisopo en las grietas de las paredes... Sin embargo, pronto comprendió que los altos muros que rodeaban el convento, protegían excesivamente las plantas, hasta el punto de axfisiarlas. La falta de cielo y luz se le antojaba enfermiza. Las pequeñas hierbas tenían un aspecto pálido y amenudo crecían sobre tallos débiles y ahilados; los ajos y las cebollas mostraban una marcada tendencia a subir y florecer tempranamente y Fray Menthastro se preguntaba si evidenciaban las plantas los mismos síntomas de la vida monástica, aislados del mundo circundante,-pensaba - nuestros ojos miran siempre hacia el cielo pero, fuera de aquí no resistiríamos el mas leve empuje del viento y por nuestras venas no fluye la savia de la vida.
2 A los 33 años obtuvo el primer permiso para salir del convento. Una vez por semana, dejaba la fértil vega del monasterio y ascendía el camino polvoriento y empinado hasta el pueblo. Incluso el borrico -murmuraba el fraile mientras el animal triscaba aquí y allá las hierbas de la cuneta-, incluso él encuentra aquí mejor pasto. Y la luz le parecía más radiante y verdadera, el aire más libre, las plantas vigorosas, los hombres y las mujeres, vivos y alegres.
3 Tenía ya pelo cano y arrugas profundas cuando comenzó a comprobar que las hierbas del bosque y la montaña eran ricas en esencia y poseían mayor virtud curativa que las de tierra abajo. El viento y el frío las dotaban de raíces profundas y poderosas. Jamás espigaban antes de tiempo ni eran endebles y consentidas como las del claustro. Creyó ahora que su propia vida había sido demasiado regalada y su espiritualidad grandilocuente y vacía a la vista de los rudos pero sencillos leñadores y pastores que ahora frecuentaba.
4 Acababa de cumplir 99 cuando lo encontraron tendido muy cerca de la cima más alta. Recostado sobre la blanda nieve, parecía mirar aún un grupito de narcisos que horadaban el blanco. Una sonrisa beatífica iluminaba su rostro. Fray Eulogio, su íntimo amigo, sonreía también mientras le daba sepultura en el cementerio, el huerto más fértil y umbrío del convento. Allí las ortigas y las tiernas nomeolvides siguen creciendo a su antojo.